CASTILLO DE PÌTTAMIGLIO

CASTILLO DE PÌTTAMIGLIO

domingo, 6 de mayo de 2007

DISCURSO SOBRE ALICIA GOYENA

Un grupo de ex profesores del IBO, Instituto José Batlle y Ordoñez, ha tenido la gentileza de pedirme que exprese, en nombre del antiguo profesorado de aquella casa de estudios algunas palabras sobre Alicia Goyena, y comprendo que ello es muy difícil, si se tiene en cuenta que estoy delante de alumnos de nuevas generaciones y para quienes ese nombre, tal vez les resulte, a causa de su juventud y por lo menos por ahora, sólo un nombre. A los discípulos que están aquí presentes les pido que hagan un esfuerzo para evocar todo lo más hermoso que conciban en el plano de la espiritualidad, de la energía conciliada con la dulzura, de la sabiduría sin afectación, de la emoción limitada por un ajustado sentido del decoro, de la generosidad invisible; si pueden esos alumnos concebir todos esos valores dentro de una figura como de abuela que mira el nieto con el más diligente cuidado, tal vez tengan un atisbo de lo que era esa profesora que se nos fue un día por un camino sin retorno.
Ese nombre sagrado de madre y luego de abuela espiritual de generaciones jóvenes alumnas es el que este Liceo No. 29 recibe, y que debe levantar muy alto, como una bandera vestida de los más hermosos colores, bandera orgullosa de recortarse en la luz, color y luz ella misma.
Porque bien sabemos que así como una flor perfuma generosamente lo que está junto a ella, el nombre de Alicia Goyena dará a este Instituto mucho de su presencia delicada y de su prodigioso vuelo hacia las más altas idealidades.
En un poema de Saadí (uno de los más grandes líricos persas de todos los tiempos), dice el poeta que recogió en el camino una hoja algo marchita ya, pero que aún tenía el perfume de una rosa. Y el poeta dijo: -¿Perteneces a un rosal? Y la hoja le contestó: No; pero estaba al lado de uno de ellos, y de una rosa recibí el perfume; el perfume que he conservado siempre.
Y traduciendo a este momento el sentido de la parábola persa, digamos que algo de esa virtud insuperada de Alicia Goyena pasará a nosotros todos y al Liceo que lleva su nombre, como el perfume de la rosa a la hoja que recogió Saadí.
Para hablar de Alicia Goyena sería necesario levantar, pues, el pensamiento hacia los ideales, más puros, hacer florecer la emoción y los recuerdos, y buscar dentro de nosotros mismos las palabras más hermosas, los más alados sentimientos; y como me es difícil decir algo digno de ella, un silencio meditativo, un íntimo volar de sugestiones e intuiciones imprecisas, sería el mejor homenaje. Quizá una sonata para piano, de notas delicadamente perladas por un maestro, de aquellas tanto amaba Alicia Goyena, se aproximaría al lenguaje que ella hubiese deseado, pues no gustaba de los elogios, ni de los homenajes, ni de las palabras de reconocimiento. Si hacía un favor y se le decía "gracias", respondía con una sonrisa entre sorprendida y divertida como si dijese: ¡pero si eso es lo que debía hacer! No es necesario decir "gracias".
Yo la conocí en 1944, cuando en esa fecha fui designado profesor de Literatura del Instituto José Batlle y Ordoñez (Sección Femenina de la Enseñanza Secundaria y Preparatorios). Y era el mismo año en que ella fue, a su vez, nombrada directora del mismo. Sin duda su elevación a tal cargo marcó uno de los más brillantes hecho de la historia de la enseñanza en el Uruguay, porque Alicia Goyena espíritu exquisito, de cultura superior, pudo proyectar sobre muchas generaciones de alumnas, su persuasiva rectoría moral.
En 1944 tenía el cabello blanco, como algodonado, cabello que antes había sido rubio, en la época en que María Eugenia Vaz Ferreira la presentó a las alumnas, como su sucesora en la Cátedra de Literatura. El óvalo de la cara era perfecto y revelaba el equilibrio interior, sus ojos claros miraban afectuosamente, aunque a veces adquirían un brillo dulcemente travieso cuando alguna reflexión, levemente jocosa, le hace insinuar una sonrisa comprensiva de alguna debilidad humana.
Su voz era agradable, hablaba con una inflexión dulce, pero gustaba escuchar a otros y apreciar lo que se le decía, con un silencio lleno de atención y algo de curiosidad deferente.
En la conversación era amable; no daba nunca una nota discordante, jamás alzaba una voz que pudiera decirse de mando, y sin embargo, nadie se animaba a desobedecer una orden dada en ese tono suave, detrás del cual había firmeza y voluntad pues era valiente para enfrentar situaciones difíciles, incluso dramáticas.
Se preocupaba personalmente por la conducción de todo el Instituto, vigilaba lo que ocurría en aquel edificio de tres plantas, desde los aspectos más importantes hasta los detalles.
Su manera de actuar, tan ponderada, pero tan firma, tan desproporcionada con su físico (que daba impresión de fragilidad, como si tuviera, de cuerpo, sólo lo necesario para apoyar en él el espíritu) resultaba una lección viva.
Hacía el bien a escondidas, porque no quería que su mano izquierda conociera la dádiva que efectuaba la diestra. Una tarde había bajado yo a la cantina y estaba ante el mostrador, cuando una alumna se acercó a decir que tenía una beca de la Directora para recibir algún alimento. Le pregunté luego a quien atendía la cantina, a qué beca se había referido la alumna y aquella me explicó que la Srta. Goyena daba su sueldo para que las estudiantes de escasos recursos pudieran reforzar su precaria alimentación, pero me previno que ella no quería que eso se supiera. También distraía parte de su sueldo a fin de comprar los libros necesarios para enriquecer la biblioteca.
A pesar de su edad, llegaba a las ocho de la mañana, ni un minuto más tarde y se quedaba hasta altas horas de la noche.
Aspiraba (eso era evidente a través de sus conversaciones) a la creación de una cultura superior, e incluso suprauniversitaria, porque más allá de la enseñanza impartida, y después de haberla aprovechado bien, el egresado debía seguir educándose a sí mismo, con una espíritu receptivo a todo lo que fueran valores, sin dogmatismos, sin preconceptos, sabiendo, cómo lo proponía Carlos Vaz Ferreira, cuyo retrato figuraba en el escritorio de Alicia Goyena, que sobre ciertos problemas ajenos a lo mensurable, no caben afirmaciones demasiadas rotundas, sino la necesidad de pensar y actuar por probabilidades, o por lo menos por un sentido común de carácter hiperlógico. El idealismo de Alicia Goyena se proyectaba (como el de Rodó), en el plano de la axiología, no en el de la teoría del conocimiento, y su defensa de laicismo era realizada sin alardes; incluso tal vez fuera cristiana sin saberlo o sin proponérselo. El sembrador de la célebre parábola evangélica ¿no arrojaba como ella, semillas al vuelo sobre todas las tierras, las aptas y las escasamente laborales?. La culpa de que de pronto la cosecha no fuese todo lo rica que proyectaba la intención de sembrar, no era de la semilla, sino de la calidad de la tierra. Y quizá también Alicia Goyena diría: "Quien tenga oídos, oiga; quién tenga ojos, vea".
Pero esa especialmente, una sensibilizadora de almas, siempre dispuesta a reconocer que había injusticia, mal que combatir, enfermedades sociales y morales, antes las que su rostro tomaba de pronto una expresión preocupadamente grave, y que frente a ello, una actitud ejemplar, un magisterio superior dado en la acción más que en la palabra, podía cooperar para mejorar algo o alguien.
Sentía, pues, la acefalía de cátedras superiores, la de Maestro de Conferencias, por ejemplo, y otras formas de expresión y de formación del carácter, pero todo impregnado de ese hálito de poesía, de la poesía que no está en el verso, sino en el gesto, no en la rima ni en la cantidad silábica, sino en el fluir de una activa expresión persuasiva.
Sus clases eran -dícese- magistrales; quizá tenían un eco de lo que aconsejaban Rodó y Vaz Ferreira: nada de ideas impuestas por la fuerza; dejar la libertad de pensar respecto de los autores literarios y de sus personajes, aunque orientando siempre hacia valores inconmovibles. A veces -dicen quienes fueron sus discípulas en la Sección Femenina de la Enseñanza Secundaria- se apartaba un poco del orden rígido de una clase, para señalar la presencia de un director de orquesta que valía la pena escuchar, o de una exposición de obras de arte o de una conferencia que se dictaría en tal o cual sala de la ciudad.
Pero nada de eso hacía con alardes; todo en ella era deferencia para con sus jóvenes alumnas, de las que recordaba los nombres de todas, y también los problemas que le habían contado, cuando bastantes años después, ocasionalmente la visitaban. A veces se formaba una cola de diez a quince estudiantes, cada una de las cuales le traía su problema, pero se acercaban una por una, para que nadie supiera ni lo que la alumna planteaba, ni el posible acto de generosidad que respondía al planteo. Incluso los profesores nos quedábamos también a la puerta y no porque hubiera algún encargado de hacer pasar o dar audiencia; la puerta estaba abierta, franca, era el respeto que nacía de superioridad espiritual, el que detenía a todos.
Algunas veces examiné con Alicia Goyena, ya que ambos éramos profesores de literatura. Ella formulaba preguntas destinadas a hacer pensar o sentir literariamente; no quería la enseñanza demasiado libresca, sino el contacto directo del alumnado con los grandes autores que son de índole formativa. Daba tiempo a pensar, a buscar, el examen se hacía, así, más largo, pues ella cambiaba la formulación de la pregunta, no en cuanto a su fondo, sino en cuanto a su forma, o buscaba el problema conexo que pudiera hacer que la alumna hallara por sí el camino, sino exacto, pues en literatura no caben las certezas de las ciencias puras, por lo menos la respuesta que indicara que el texto literario había sido leído y que algo de él movía a la reflexión. No creía que la enseñanza debiera ser, como también lo hacía notar aquel gran profesor que fue Osvaldo Crispo Acosta, carga inútil de la memoria, ni demostración vana de ingenio, ni búsqueda de la minucia, ni de las rarezas rebuscadas que hacían perder de vista lo esencial de un autor o de un personaje literario. Luce Fabbri de Cressatti decía que Alicia Goyena tenía la pedagogía del respeto, y en realidad, si insistía en la orientación hacia los valores esenciales, comprendía que éstos debían nacer, no por imposición, sino de adentro hacia fuera de la alumna, y esta idea, que era una concepción fundamental en el Sócrates que nos presenta Platón, estaba en Alicia Goyena profundamente arraigada.
El gran secreto del éxito de su siembra en las almas era que sembraba amor: amor por todo lo que fuera bello, noble, fecundo, positivo, como si repartiera chispas de su alma luminosa sin que la claridad de la misma perdiera nada de su resplandor. El secreto estaba en que amaba a su alumnado. Quien es profesor sin amor, por más que sepa su asignatura, y sea claro en la exposición, tendrá algo en su contra: le faltará el sentido de apostolado. El profesorado tiene algo de profesión benedictina... ¿No decía Rodó que dar a conocer lo bello es obra de divina misericordia?
Quizá haya sacrificado Alicia Goyena muchas cosas; cabría decir que pudo haber gastado su caudal o su tiempo en sí misma, pero es que sentía alegría y paz en la realización de su obra de mejoramiento social y moral; nadie se iba de su lado si no era enriquecido por una idea noble, por una lección dicha casi con humildad, como si fuera formulada a modo de una pregunta persuasiva que permitiera la continuación u otra opción de un pensamiento que el interlocutor de la Directora hubiese hecho de modo algo precipitado y que mereciera una búsqueda de una solución mejor si buscábamos más hondamente en nosotros mismos.
A veces, en medio de mi trabajo, deseaba tener unos momentos de mayor luz espiritual y entonces iba a la dirección a conversar un rato con Alicia Goyena, a su famoso escritorio, similar al del Fausto de Goethe, donde parecía imposible que papel alguno pudiera ser hallado, pero Alicia Goyena sabía donde estaba y donde se hallaba la llave o la cédula de identidad extraviada por una estudiante, o la constancia firmada con aquella letra menuda, elegante, coqueta que es hoy un autógrafo valioso y lo será más aún con el tiempo. Entonces hablábamos de literatura o de filosofía o de música; como todo ser de calidad excelsa tenía el don de escuchar, más difícil que el de hablar. Y tras oír deferentemente, expresaba cosas bellísimas con un sentido de ponderación delicado, como insinuado, para que sus palabras penetraran sin lastimar el orden de ideas o sentimientos de quien escuchaba. Recuerdo que Vaz Ferreira (a cuyos famosos jueves musicales concurrí), tenía una parecida manera de insinuar o proponer, dejando libertad de aceptar, en todo o en parte el concepto vertido.
Cuando hablaba, Alicia Goyena se expresaba con una voz suave, sumamente musical, bellamente timbrada, pues todo en ella era armonía.
Le repugnaba inmensamente la mentira, que le parecía casi inconcebible; una vez me reveló su asombro a propósito de una alumna que había faltado a la verdad; el hecho en sí de dicha discípula le parecía muy reprobable, y lo era, pero más aún su infracción al deber de veracidad.
Ejemplar, pues, por su modestia, que era el ornato más hermoso de su mérito, por su generosidad, que recordaría a la famosa parábola del pelícano, que es uno de lo más conmovedores fragmentos de "Las noches" de Musset, por su ecuanimidad, por la austera pobreza franciscana de su vestimenta negra, por su cosecha laboriosa... ¿Qué podría decirse de ella que no fuese bueno? Quizá antes de dormirse, noche a noche, el ángel de su conciencia le pagaría con el oro de la alegría, de la satisfacción de saber que nada había hecho que no debiera haber realizado y que había puesto un nuevo peldaño en la escalera del amor y de luz por la que ella subía y hacía ascender a los demás.
Que me perdonen todos los que me escuchen si no he sido lo suficientemente elocuente: es muy difícil expresarse respecto de persona por la que se siente tal veneración: el silencio hubiera sido -repito- más grande; la música, más elocuente: un rayo de sol habría expresado mejor que yo lo que ella era, una lágrima de agradecimiento y de amor por esa viejecita que era la madre espiritual de todos, hubiera sido más rica.
De cualquier manera, muchas gracias a todos por la atención prestada, y ojalá haya, entre los jóvenes presentes, muchos que un día sientan que el espíritu de Alicia Goyena resucita en ellos, pues ese sí, sería el más grande homenaje.

Hyalmar Blixen

CASA DE LUSSICH

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