CASTILLO DE PÌTTAMIGLIO

CASTILLO DE PÌTTAMIGLIO

domingo, 18 de marzo de 2007


Los Salvo,
una familia de otros tiempos

Por Alfredo Alzugarat

El viejo edificio de Tienda Salvo, aunque ya bastante deteriorado, se mantiene al firme en la esquina de Agraciada y Tembetá, a pocos pasos del arroyo Miguelete. Todavía puede leerse en su cortina metálica la fecha de su fundación: “1867”, debajo de un aviso que ha vencido al tiempo: “Ropa country – Talabartería”.

No hay fechas precisas de cuando los Salvo llegaron al Uruguay y si bien algunos han aventurado el año 1866, lo único posible de afirmar es que fue en algún momento del lustro 1860–65. El primero en llegar fue Don Lorenzo Salvo Vassallo, quien viajó solo, empleándose a poco de llegar en un comercio del Paso Molino. Había nacido en Liguria en 1825 y se había casado en Murialdo, en 1849, con Ángela Debenedetti. Allí nacieron sus tres primeros hijos: Ángel, Dionisio y José. Poco después arribó el hijo mayor, aún adolescente, y finalmente, el resto de la familia. Cuenta la leyenda que era tal la capacidad de sacrificio y el espíritu ahorrativo de aquella gente, que doña Ángela llegó a Montevideo con las remesas de dinero intactas que le enviara su marido.

Reunida la familia, fundaron una modesta tienda en una de las esquinas de Agraciada y Castro. Pronto Ángel aprendió el oficio de sastre junto a su madre y decidió incrementar el negocio a partir de la venta callejera. Junto a sus hermanos, recorrían en un carrito el Cerro, Pueblo Victoria, Nuevo París, Melilla y Arroyo Seco, vendiendo diversos productos, especialmente ropa de confección hogareña. El resultado fue el mejor, tanto es así que nueve años después, en 1876, los Salvo emplazan su nuevo y definitivo local, en Agraciada y Tembetá. Un año después nacía Lorenzo, el único hijo uruguayo.

La audacia y la laboriosidad sin tregua que debió haber caracterizado a don Lorenzo, tuvieron su recompensa en la iniciativa y en la entrega de sus hijos. Cuando el padre se retiró, fue Ángel el que tomó la manija de la empresa. La demanda de ropa permitió la instalación de un taller de costura, parte del cual aún puede verse en el sótano de la Tienda. Trabajaban allí de 8 a 12 mujeres contratadas continuando la tradición que estuvo en el comienzo del trabajo familiar. El Libro “Caja”del Archivo Salvo da cuenta de esa labor artesanal aún en 1912.

Al tiempo se le llamó “Tienda y Almacén Salvo” y se convirtió en un comercio de ramos generales que abasteció durante décadas a nuestra campaña con comestibles, ropas, vinos, enseres para la vivienda rural, forrajes, etcétera. La multiplicación de beneficios los llevó a comprar tierras, principalmente fincas urbanas y más tarde una chacra próxima al Pantanoso, la cual destinaron a bodega y elaboración de vinos.

Fue de este ensanchamiento de actividades que surgieron los capitales que los Salvo invertirían en industrias mayores. En las postrimerías del siglo XIX un diario de la época informaba que “cierto día vinieron de Buenos Aires algunos españoles que se decían maestros en la fabricación de tejidos y que catequizaron a Ángel Salvo con inaudita porfía hasta contagiarle su entusiasmo por aquella industria. Entonces combinó en organizar, a simple vía de ensayo, un establecimiento minúsculo, dotado de una carda, una hiladora y un telar... Cuando la diminuta fábrica estuvo instalada y llegó el momento de que funcionara, aquello resultó un verdadero desastre, porque ni la carda daba mantas de lana, ni la hiladora daba hilo, ni el telar tejía... Sin embargo, fue aquel ensayo desgraciado el que obligó al Sr. Ángel Salvo a un completo aprendizaje de la industria respectiva y a la vez le inoculó la pasión por la fabricación de tejidos...”. Entonces era una utopía pensar en una industria textil nacional. Uruguay solo era un buen productor de materias primas que contribuían a engrosar las ganancias de la industria manufacturera de regiones más desarrolladas.

Ángel Salvo no se amilanó. Secundado por sus hermanos hizo las gestiones pertinentes ante el Estado para el inicio de esta nueva aventura y así obtener facilidades y necesaria protección. El 24 de octubre de 1898 la entonces Comisión de Industria, bajo el gobierno de Lindolfo Cuestas, eleva al consejo de Estado un proyecto-ley que será sancionado favorablemente y que constituye el más antiguo mojón de la industria de tejidos en nuestro país. Pocos meses después se funda “La Victoria”, primera textil uruguaya, con instalaciones que ocuparían varias manzanas del Paso Molino, en la margen derecha del Miguelete. La dirección de la nueva empresa quedaría a cargo de José, el tercer hermano, quien adquiriría la maquinaria necesaria en Italia y contrataría, con afán selectivo, la mano de obra. Su producción –ponchos, frazadas, tantanes, etc.- se comercializó en un principio en la Tienda Salvo. Hasta que la demanda y la modernización superó al viejo local. Se encomendó entonces al cuarto hermano, Lorenzo, la apertura de un local al por mayor en pleno centro de la ciudad, en la calle Uruguay.

Ya a principios del siglo XX, José Salvo se asoció con José Campomar fundando la textil “La Nacional”. En 1905, dicha sociedad creaba la primera textil de Juan Lacaze, Colonia. La firma Salvo, Campomar y Cía. nació el 14 de diciembre de 1910. En su acta inaugural se establece la fusión de capitales “para la fabricación y venta en general de productos textiles” de los actuales propietarios de la textil “La Victoria” y los de la firma Campomar y Cía., quienes poco antes habían instalado, también en Montevideo, una moderna fábrica de tejidos. Pocos años después José y Lorenzo Salvo adquirían la cabaña “Nueva Mehlem”, esforzándose en el cruzamiento de razas de lanares con miras a la producción textil. Completaban así el dominio del largo recorrido que hay entre la producción de lana, la fabricación del tejido, la confección de prendas de vestir y su comercialización. Faltaba todavía el más grande de los proyectos: el complejo comercial-hotelero del Palacio Salvo, que se comenzaría a construir en la década de los 20.

En 1924 moría Ángela Debenedetti, viuda de Lorenzo Salvo. Su testamento señalaba un capital total evaluado en más de tres millones de pesos, impresionante fortuna para la época, que se integraba en muebles, créditos y otros valores, según consta en Lorenzo Salvo Vassallo-Ángela Debenedetti Ciarla (Montevideo, 1984), material inédito perteneciente al señor Alejandro Abal Oliú.

¿Cómo explicar el éxito de esta familia de inmigrantes, que llega a nuestro país en la más absoluta pobreza y termina participando en las empresas más definitorias del Uruguay de la primera mitad del siglo XX? En su estudio Los burgueses inmigrantes. El concurso de los italianos en la formación del empresariado urbano uruguayo (Montevideo, 1995), los historiadores Alcides Beretta Curi y Ana García Etcheverry afirman que “los inmigrantes fueron capaces de enormes sacrificios, sometiéndose a inmensas privaciones para disponer de un ahorro de parte de su salario.” Señalan también que ello era apreciable tanto en las remesas de dinero enviadas a Italia como en el ahorro para una instalación independiente en el comercio, la industria o la chacra. Era un ahorro a fuerza de austeridad y contracción al trabajo que a la larga daba sus frutos.

Claro que con eso no alcanza. También hay que considerar el panorama propicio de aquellos años, en un Uruguay que hacia 1890 solo contaba con 707.000 habitantes, una balanza comercial favorable y un Estado pujante, deseoso de modernizarse, donde diversas leyes estimulaban la instalación de refinerías de azúcar y fábricas de papel, de tejidos, de sombreros, etc., rebajando o suprimiendo los aranceles de importación sobre materias primas y maquinarias y alzando los derechos sobre los productos fabricados. A propósito, resulta significativo el juicio que emergió de la exposición internacional de Chicago de 1894 donde nuestra industria estuviera representada: “En medio de todo lo más adelantado, está la pequeña, pero vigorosa, gigante Uruguay”.

Los Salvo, como otros compatriotas suyos: los Caviglia, los Anselmi, los Gamberoni, los Lanza, Francisco Piria, etc., supieron aprovechar ese momento no solo con su sacrificio, sino también con visión de futuro, esto es indiscutible. Su labor marcó al Uruguay del siglo XX. Hoy, sin embargo, todos ellos son solo una referencia de ese pasado del que tantas veces nos contaron nuestros abuelos y nuestros padres. Pasado pisado, tiempos de nostalgia que nos parecen cada día más irrepetibles.

La Tienda Salvo subsistió por lo menos hasta 1998 bajo la firma Abelardo Gori Salvo. En la actualidad una parte del edificio está ocupado por una mueblería; el resto, luce un letrero repetido en estos tiempos hasta la exasperación: “Se alquila”.



Una herencia maldita



La noche del 9 de abril de 1933 don José Salvo fue atropellado brutalmente por un automóvil, muriendo poco después. Aunque en apariencia todo indicaba un simple accidente, no faltaron las sospechas de que se tratase de un homicidio. Por varios años reinó el mayor misterio. Recién en 1940, un linyera de la Aguada, Artigas Guichón, se declaró autor del hecho y señaló a Ricardo Bonapelch, yerno de la víctima, como el hombre que le había pagado una gruesa suma de dinero para que cometiera el crimen.

Ricardo Bonapelch, casado con María Luisa Salvo, había precipitado de ese modo el reparto de una cuantiosa fortuna convirtiéndose en un acaudalado de la noche a la mañana. Admirador de Carlos Gardel hasta el extremo de imitarlo en el más mínimo detalle, se le recuerda siempre vestido de traje cruzado, el pelo oscuro engominado, la sonrisa ladeada, el sombrero en la mano, interrumpiendo algún baile pobretón para cantar tangos a la manera del Mago. También despilfarraba su dinero en el hipódromo o en juergas interminables y hasta ordenó la construcción de un suntuoso chalet en Carrasco con la sola intención de regalárselo a Gardel.

En la cárcel, Ricardo Bonapelch lloró hasta la locura la tragedia de su ídolo, enfermó de cáncer y murió finalmente el 21 de agosto de 1955 en el Hospital Penitenciario de Montevideo.


Alfredo Alzugarat

CASA DE LUSSICH

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VISTA LATERAL