CASTILLO DE PÌTTAMIGLIO

CASTILLO DE PÌTTAMIGLIO

sábado, 17 de marzo de 2007

Prohibido para nostalgicos

El Palacio de Piria

Luis Grene

"A cada chancho le llega su San Martín", piensa un vecino cuando abre el diario y ve las caripelas de los verdugos de la dictadura. Ahora están medio guardados y dentro de poco esperemos estén guardados del todo aunque sea en tierra argentina. Por eso cuando el viejo escribidor pasa frente al edificio de la Suprema Corte se pone medio ansioso porque la justicia ya demoró demasiado. Y la terca memoria recuerda que por principios de los años 30 a ese sitio todos lo conocían como El Palacio de Piria. Una suntuosa construcción hecha al pie de la letra según las órdenes de su acaudalado propietario. Ahí vivía con su familia ese hombre que también estaba construyendo otro de sus sueños llamado Piriápolis. Ese palacete tenía una legión de sirvientas que uniformadas de cofia blanca y vestido azul entraban y salían por una puertita que daba a San José. Todos los domingos visitaban ese palacio de la Plaza Cagancha muchos extranjeros que llegaban invitados por don Piria para comprar terrenos en su balneario. A los vecinos madrugadores que andaban paseando por la plaza no les extrañaba ver a ese señor de físico pequeño, siempre de traje oscuro y sombrero, acompañado por una comitiva de aristocráticos caballeros caminando lentamente alrededor del palacio. Todos muy atentos escuchaban las explicaciones y comentarios que sobre la estructura y decoración del edificio les daba su famoso anfitrión. Es que ese palacio estaba por dentro y por fuera cubierto de símbolos y alegorías. Figuras de laureles, hojas de acacias, frutos de granadas mostrando sus semillas, escudos templarios y muchas místicas rosas. Se rumoreaba que don Piria era un alquimista pero pocos sabían de qué se trataba ese misterio. Lo cierto es que su residencia estaba diseñada para dar honra y gloria a ese antiquísimo conocimiento. Algunos sospechaban que muchos de sus visitantes compartían o al menos eran conocedores de ese inquietante misterio que intrigaba a los montevideanos de esa época. Cada tanto los más avispados lectores de El Día notaban la publicación de un pequeño aviso convocando a reuniones en el palacio. La invitación siempre tenía el mismo y enigmático encabezamiento: "A los Hermanos de Heliópolis".

En toda la prensa se destacaban fotos de Piria siendo recibido por presidentes en sus incesantes viajes al exterior. En esa residencia hubo grandes fiestas que provocaron que la calle Ibicuy se llenara de cachilas y curiosos como la vez que se dijo que estaba invitado Carlos Gardel. Los ventanales balcones que daban a la plaza mostraban los interiores de la mansión iluminados a giorno para agasajar a sus linajudos invitados.

Cuando todos los sábados se hacía la feria por Ibicuy el ajetreo de los mayordomos y sirvientas era más que llamativo. Todos contaban historias de don Piria. Años después de fallecido, cuando la finca pasó a ser ocupada por el presidente Amézaga, la leyenda continuó. Es que varios vecinos juraban haber visto de nuevo a don Piria contemplando desde la Plaza Cagancha a su amado palacio.

CASA DE LUSSICH

CASA DE LUSSICH
VISTA LATERAL